¡Victoria!

05/12/2015

  

 

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Desde la cima llegaba el sonido de una respiración entrecortada, unos pasos duros y rápidos, el rodar de piedras ladera abajo, el restallar de un piolet contra la roca viva, el gemido del penúltimo esfuerzo de la escalada. Asomó un casco negro, seguido de una mirada enarcada y entreabierta, y una mano que se aferró al primer saliente. Rechinaron unos dientes al ritmo del esfuerzo final. Arrastrándose, el montañero alcanzó la pequeña llanura de la cumbre.

 

Orgulloso, se levantó de un salto y miró al frente, dominando el horizonte. Se quitó el casco y lo tiró más allá. Se descolgó la mochila, sacó la botella de agua, bebió unos sorbos y vociferó:

 

– ¡Victoria! ¡He alcanzado la cima, por fin! ¡He llegado el primero! ¡Victoria!

 

Entonces se detuvo, de repente, anonadado. Le había parecido escuchar el tarareo de una canción. Miró atentamente a su alrededor. Unos pasos más allá había un niño, de edad inaferrable. Tumbado, con las manos cruzadas bajo la cabeza, vestido con un pantalón corto y una camiseta blanca, descalzo, miraba hacia el cielo.

 

– ¿Qué? ¿Cómo es posible? -dijo el montañero.

– ¿Cómo es posible qué? -respondió el niño.

– ¿Qué haces aquí?

– Ya lo ves: estoy mirando al infinito.

– Pero, ¿cómo has llegado hasta aquí?

– Quién sabe. Lo mismo he subido por donde tú, o lo mismo he descendido desde más arriba.

– ¿Desde más arriba? Estás de coña, ¿no? -replicó el montañero, enojado.

– Lo que no se puede negar, en cualquier caso, es que yo soy el que estoy aquí. ¿Qué tal la subida?

– Pues… Muy dura, pero he llegado el primero. He triunfado.

– ¿Y ya está?

– ¿Cómo que "y ya está"? ¡Es lo que quería!

– Una lástima, entonces -apuntó el chaval.

– ¿Una lástima? ¿Por qué?

– Porque te has perdido lo más importante.

– ¿Más importante que llegar a la cima?


– Eso es. Te has olvidado de disfrutar del camino.

 

  

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