El viejo

06/05/2016


 

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El viejo estaba siempre en la calle, mirando al frente, sonriendo. Todos se preguntaban por qué, pero el miedo les impedía acercarse, aunque decían que era por respeto.


 

Un buen día, un niño se puso a su lado. Lo miró de arriba abajo, enarcando una ceja, y luego se sentó cerca. Así pasaron un buen rato, hasta que al niño se le ocurrió preguntarle algo:


 

- Oiga, ¿qué hace aquí, todo el santo día sentado con esa cara?


 

El viejo rió con fuerza, pero no contestó a la pregunta del niño, sino que siguió en la misma postura, como si nada. El niño, armándose de paciencia, esperó.


 

Tras media hora sin mediar una palabra, el viejo habló con voz profunda:


 

- Espero.


 

-¿A qué? -volvió a preguntar el chaval.


 

Otra vez silencio. Tras un buen rato, se escuchó la misma voz:


 

- A ti. A alguien que sea capaz de escuchar, de aprender de los demás antes de hacer algo. Solo tú puedes ser el futuro de este pueblo: los demás no escuchan a nadie. Y ahora ve, prepárate y abre los oídos. Yo seguiré esperando.


 


 

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