Que nos tiren por la borda

19/06/2016

 

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¡Mira cómo floto, mira cómo vuelo,
mira cómo avanzo, valiente,
dejándolo todo atrás!

Miss Caffeina, Mira cómo vuelo.

 



Érase que se era un barco a la deriva. Una goleta cargada, pero sin brújula, sin velas, sin timón, sin remos, sin cielo nocturno ni orientación.

Aquel barco se había echado un buen día a la mar, liviano y suave, con tres enormes velas nuevas y una bandera negra en la que se distinguían claramente una calavera y dos tibias cruzadas. Las velas se hinchaban con vientos libres, con brisas fraternas, con corrientes de igualdad y llevaban en volandas la nave, que rompía con su quilla los mares de la historia. El timón de la utopía invitaba a llegar siempre un poco más allá, a explorar caminos nuevos, y la tripulación, unida, se sentía fuerte y, sable en mano y cuchillo entre los dientes, hombro con hombro, alzaba su voz y liberaba esclavos abordando barcos enemigos con fiereza. Las estrellas del inmenso cielo nocturno los guiaban, y la brújula del castillo de popa indicaba, en mitad de la calma o en plena tormenta, el sentido del viaje.

Nadie sabe exactamente cómo pasó. A medida que hundían navíos de banderas trasnochadas, los corsarios de la goleta fueron acumulando, en la bodega de carga, los más variados tesoros. Como una niebla pegajosa hecha de pez, se fue extendiendo por toda la nave la sensación de que ellos se bastaban a sí mismos; se convencieron de que tenían poder y podían tener más, y dejaron de mirar, poco a poco, sin darse cuenta, el cielo nocturno, y la brújula del castillo de popa, porque no había nada mejor que ellos mismos y su asombrosa pericia para guiar sus pasos.

Fue así como el salitre cubrió el timón de la utopía mientras cada cual se iba haciendo con su parte del resplandeciente tesoro de la bodega y se dedicaba a acariciarlo y protegerlo. Dejaron de llamarse “tripulación”, y añadieron a sus nombres un Maestro y un Señor y un Don y un Usted y un Doctor y un Excelentísimo y un Reverendísimo y un Majestad, hasta que cada uno, dedicado a satisfacer sus deseos instantáneos y a desear los de los otros, se convirtió en un oponente. Aquel fue el momento en que desapareció el horizonte, y el más allá al que se dirigían cayó en el olvido.

Pasó el tiempo. Un buen día alguien en cubierta se preguntó qué sentido tenían aquellas velas viejas, que una vez habían sido nuevas. Nadie supo contestar, porque nadie quería ir a ningún lugar más allá de sí mismo. Descolgaron las enormes telas y las abandonaron en un camarote perdido, y los vientos libres, las brisas fraternas y las corrientes de igualdad cesaron de soplar. Sobrevino como un manto la calma chicha, y los marinos dejaron de sonreír y se preocuparon por organizar nanométricamente su tiempo, aunque ninguno de ellos fue capaz de descubrir para qué.

El barco se movía cada vez con más lentitud. Una nueva generación de grumetes nació a bordo, alumbrada en medio del sin sentido, heredera de una tripulación sin horizonte; y entonces, mientras estos descubrían el mundo, la nave comenzó a hundir la proa, y hubo que soltar peso. Como la mayoría se había olvidado del fin de su travesía y los experimentados marineros de a bordo no veían nada más allá de la niebla que se había formado bajo sus pupilas, decidieron lanzar al mar los remos, atados con la bandera negra que presidía el palo mayor, y el barco perdió así su identidad y se convirtió en uno de tantos cascarones anónimos que, antes o después, habían cruzado los mares. Grandes telarañas se extendieron por el castillo de popa, y aquella impresionante goleta, otrora fiero terror de los océanos, quedó a la deriva. Algunos de entre la generación nueva se empezaron a preguntar por qué nadie miraba el cielo, dónde estaban los remos y las velas, qué habría tras las enormes telarañas del final del barco.

Aquellos adolescentes pronto se dieron cuenta, mientras seguían creciendo, de que los corsarios de siempre habían vendido sus corazones, sus esperanzas, su valentía, su mirada alegre, sus sueños, sus almas, sus cuerpos para mantener los tesoros que habían poseído, y de los que ahora dependían como esclavos. Algunos se atrevieron a advertir a los viejos bucaneros, pero estos los miraron con desdén, bufaron y les aconsejaron que se dejaran de fiebres idealistas mal curadas.

Aquí estamos, esta noche, unos cuantos grumetes,  tras las telarañas del castillo de popa, mirando el cielo estrellado, lejano, borroso, incierto. Hablamos entre nosotros, susurrando, de las velas que faltan, de la brújula olvidada, del timón oxidado y los remos perdidos, de la antigua bandera negra. Muchos han huido de nuestro lado, pensando que nos quitarán lo que poseemos si seguimos haciéndonos preguntas, pero todo eso ha dejado de tener sentido para nosotros. Aquí estamos, firmes, en cubierta, hartos y vacíos, sonrientes, mirándonos unos a otros, mirando al cielo.

He aquí que hemos descubierto una estrella más allá de la niebla, en mitad de la oscuridad, hacia el Norte. Nadie nos había hablado de ella, pero esta noche brilla como nunca antes. Hemos decidido quitar las telarañas, pintar un trozo de tela negra con dos tibias y una calavera, limpiar  y arreglar el timón y la brújula, buscar las velas perdidas y poner el barco de nuevo en marcha.

 

Quizás mañana nos hagan pasar por la tabla, pero es mejor que nos tiren por la borda de la historia, que seguir a la deriva, sin nada más que nosotros mismos y nuestra repleta goleta, de nombre Europa, sin brújula, sin velas, sin timón, sin remos, sin cielo nocturno ni orientación.
 

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