El Capitán del alba

09/09/2016

(Aquí te puedes bajar el libro electrónico en formato .epub)

 

 

 

A Alfonso Fernández-Casamayor Palacio,

mi padre espiritual,

mi maestro,

mi hermano,

mi amigo.


 

El joven llegó al atardecer, nervioso, con la mirada burbujeante y tormentosa del buscador de señales. Preguntó acá y allá, recibió indicaciones, siguió puerto adelante, justo hasta el último muelle, y se sentó a esperar en el suelo de madera. Silbó una tonada conocida o dos, repiqueteó con los dedos en los tablones, dio la bienvenida a la oscuridad, saludó el monótono paso circular de la luz de la Farola que avisaba a los navíos perdidos, se acurrucó, se abrigó con la chaqueta y, poco a poco, se quedó adormilado.


 

- Hola, amigo. ¿Cómo te va? -le susurró alguien. El joven abrió los ojos, se rascó la barba rala y se puso en pie.

 

- Estoy buscando a un marinero. Me han dicho que lo esperara aquí.

 

- ¡Vaya! Fíjate por dónde, yo soy marinero. Aunque no creo que eso te ayude mucho: normalmente todos los que llegamos hasta el puerto en un barco somos marineros -le respondió, sonriendo, un hombre de mirada serena, cabello grisáceo y piel seca, que se rascaba distraídamente la espalda con el dedo gordo de la mano derecha.

 

- Según he oído decir, el que busco no es un marino cualquiera. No sé si usted me podrá ayudar -le susurró con aires de misterio el joven.

 

- Si te digo la verdad, joven, no te voy a poder ayudar nada si me hablas así de bajito por este lado. La briega y el salitre me han destrozado este oído -le dijo el hombre.

 

- Ah, vale. Perdone usted. Le decía que no busco a un marino cualquiera. Me han dicho que este es el más valiente que ha surcado los mares -le repitió el joven, colocándose del otro lado.

 

- Mucho mejor -afirmó el hombre de mar-. Lo primero: no hace falta que me llames de usted. Ya veo que me tienes respeto, pero, si realmente quieres embarcarte, podemos empezar por tutearnos: mar adentro somos todos una gran familia. ¿Qué es lo que buscas? ¿Aventuras, batallas, diversión, peligro?

 

- Ahora que lo dice...s, no sé exactamente. Pero no es eso... exactamente -el joven se rascó la cabeza, dubitativo.

 

- No está mal. Así que buscas algo más, pero no sabes explicarlo. Digámoslo así: te faltan las palabras. No te preocupes: buscar algo más es un gran comienzo. Y me gustan los comienzos -le dijo el marinero, cruzando los dedos de las dos manos.

 

- Pero, ¿sabes a lo que me refiero? ¿Conoces a ese capitán del que habla la gente?

 

- Sé a lo que te refieres. Y conozco… Conozco a alguien, sí. Pero no sé si será lo que estás buscando -el hombre abrió los brazos, indicándole al joven que concretara más lo que quería.

 

- De todas formas, es ya muy tarde para nada, ¿verdad? La Luna está alta, debe ser más de medianoche... -se dijo a sí mismo el joven, mirando al suelo.

 

- ¿Muy tarde? ¿Por qué? -replicó el navegante, divertido-. Yo prefiero pensar que siempre es temprano cuando se trata de amanecer -el hombre se volvió y miró al mar-. Como te decía, conozco a alguien, pero explicándote quién es no lo vas a conocer tú, que es de lo que se trata. Si quieres te voy contando algo, pero yo creo que lo mejor es que lo veas.

 

- ¡Dime, por favor! -exclamó el joven, mirando hacia donde dirigía los ojos el hombre de mar, aunque no veía nada.

 

- Verás: llevamos mucho tiempo navegando, no te lo puedo negar. Hemos visto de todo, o casi. Como dice el viejo dicho: velis remisque, a toda vela y con los remos, dependiendo del viento, que nos conduce a lugares siempre nuevos. Pero vayamos por partes: no te vayas a creer que soy un gran capitán de un barco que es mío. Nada es mío: yo soy un marinero más que sigue al Capitán del alba. Suyo es el barco. Si quieres unirte a la tripulación, yo te puedo enseñar a ser un buen navegante, por supuesto, viviendo en equipo. Eso sí: debes saber que nosotros somos solo unos pobres hambrientos que le dicen a otros hambrientos quién da de comer, unos pobres sedientos que le dicen a otros sedientos quién da de beber, unos pobres perdidos que buscan juntos el alba en mitad de la noche, sabiendo que el alba… ya nos ha encontrado.

 

- Eso es. Eso es lo que estoy buscando. Exactamente -dijo el joven, dando una palmada.

 

- Bienvenido a la tripulación, amigo marinero. Arriba ese ánimo, que por muy dura que sea la tormenta que nos toque atravesar seguimos, ya te lo he dicho, al Capitán del alba, y con él no hay miedo que nos pueda derribar.

 

- Gracias. Muchas gracias. ¿Entonces? -preguntó el joven grumete, brazos en jarras.

 

- ¡Entonces adelante! Empezaremos por lo más básico del nuevo código de navegación que seguimos en el barco. Aquí entre nosotros -al decir esto el hombre de mar miró alrededor, puso un brazo sobre los hombros del joven grumete y bajó la voz-, yo lo he titulado “El Código Francisco” porque así se llama su autor, el timonel, del que lo estamos aprendiendo poquito a poco. En fin, amigo, cámbiate de ropa y trae lo necesario para el viaje. Nos vemos en cubierta, siempre dando gracias.


 

El joven grumete se despidió y salió a escape rumbo a la habitación de la pensión donde había dejado el macuto. El hombre de mar miró al frente, mientras la niebla nocturna se despejaba y dejaba ver la negra quilla de un navío humildemente grandioso, con una letras grabadas a sangre y hierro sobre la madera:

 

GO'EL

 

 

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