El fantasma de las vacaciones

09/12/2016

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Hace dos noches me ocurrió algo digno de mención. Estuve todo el día preparando mis maletas para, por fin, tras un curso de arduos trabajos, dedicarme a mí mismo. Quería desaparecer, visitar los lugares que siempre he deseado, hacer lo que me diera la gana, cuando me diera la gana y donde me diera la gana. Disfrutar sin más, sin ningún planteamiento, sin ningún problema, sin aguantar a nadie, liberado del peso de las tareas, entregado a lo que más placer me produce, para luego, acabado el tiempo estival, poder volver a la realidad y aguantar otra temporada más.

 

La idea era muy buena. Simple, pero tan agradable como querer escapar de la cárcel y respirar aire libre otra vez. Y con estos pensamientos, dejadas las maletas en el rincón de todos los años, me acosté, aguardando con impaciencia la mañana siguiente, y me quedé profundamente dormido.


 

Y he aquí que, en mitad de la noche, abrí los ojos y vi un personaje extraño y, no obstante, familiar: una joven pequeña de cara redonda, ojos oscuros, melena corta, gafas de sol alargadas y un pequeño piercing en una de sus orejas. Me pregunté, aún con telarañas en la vista, qué hacía allí aquella extraña mujer, sonriendo, mirándome como si nos conociéramos de toda la vida.

 

- Buenas noches, querido amigo -me dijo, saludándome con una de sus manos.
 

- Hola -respondí a tan afectuoso inicio de conversación-. ¿Quién eres, y qué haces aquí?

 

- Soy el fantasma de tus vacaciones -dijo ella, señalándome con el dedo.
 

- ¿Eh? -fue todo lo que se me ocurrió responder.

 

- Que soy el fantasma...

 

- No, si te he escuchado. Es que... ¿qué es esto? -dije, todavía sin haber adquirido plena conciencia de lo que pasaba allí.
 

- Esto, querido amigo, es un sueño -me contestó-. Así que deja de pensar que he entrado por la ventana para robarte o hacerte algo malo. He venido a decirte, de parte de Ella, que no se te ocurra preocuparte por nada.

 

- ¿Ella? ¿Y quién es ella? -pregunté, con las mandíbulas cada vez más abiertas.
 

- Ella es Ella, tonto. Déjame terminar, haz el favor. No te preocupes absolutamente por nada. Ni porque en este momento, justo en este momento, un niño que aún no tenía nombre haya expirado en brazos de su madre, en el norte de Zimbabwe; ni porque en este preciso instante, mientras te hablo, dieciocho niñas chinas estén trabajando catorce horas al día haciendo unos zapatos como los que tú te vas a poner mañana, al salir hacia el aeropuerto, para ir más cómodo y más atractivo; ni, por supuesto, porque en Bolivia un hombre de tu misma edad, con mujer y siete hijos, haya sido acribillado en un descampado por intentar defender su derecho a la tierra; y no se te ocurra ni pensar, te lo digo en serio, en la familia que vive justo tras la pared de tu cuarto, cuyo hombre de la casa, en paro desde hace dos años, es alcohólico, maltrata a su mujer y quiere suicidarse mientras sus hijos empiezan a experimentar con las drogas para olvidarse de la realidad.

 

- ¿Y por qué me dices todo eso? -mis ojos debieron abrirse como platos mientras el fantasma iba soltando aquella parrafada.

 

- Porque es verdad. Y mientras tú decides olvidarte del mundo y disfrutar como si estuvieras solo, Ella sigue llorando con la madre, sufriendo con las niñas, muriendo con el padre, sintiendo el helado aguijonazo de la droga de los hijos. El mundo no se para porque tú decidas olvidarlo. Que tengas unas felices vacaciones -y, dicho esto, se esfumó en el aire.


 

Esta mañana tomé el avión. Pero ya no estoy tan seguro de querer desaparecer, ni de hacer simplemente lo que me dé la gana. No sé qué va a ser de mí en este tiempo de vacaciones, pero, para empezar, llevo en los pies una alpargatas, y cuando las miro veo a dieciocho niñas que siguen trabajando y muriendo para comodidad de los pies de otro.

 

Por cierto: al levantarme esta mañana me he preguntado por primera vez algo que nunca se me había ocurrido: ¿Dios es mujer?

 

 

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