Bajo la tumba de Berenice

18/12/2016

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Un niño cruzó la esquina. Caminaba a paso ligero, escondiéndose en los soportales de cuando en cuando, mirando hacia atrás, respirando entre sollozos, limpiándose la nariz y las lágrimas en las mangas de la camisa desgastada. Tenía grandes ojeras, orejas puntiagudas, pelo enmarañado y una extraña marca en la piel sobre la ceja izquierda, un círculo que se iba cerrando en sucesivas vueltas.

 

Desde el fondo de la larguísima avenida por la que había aparecido llegaba un murmullo de acechantes voces lejanas e imprecisas. El niño aguzó el oído, se volvió y corrió hasta el final de la calle. Ante él se levantaba el enorme portón del cementerio, sostenido por dos majestuosas columnas presididas por la escultura de un cuervo de ojos entrecerrados y pose amenazante, a la izquierda, y un lobo de enormes colmillos y afiladas garras, a la derecha. Ambas gárgolas miraban hacia el niño, a punto de atravesar por entre las desvencijadas barras de hierro viejo del portón.

 

El pequeño agachó la cabeza, pronunció unas palabras de súplica mirando al cielo, esperando que aquel dios desconocido del que le habían hablado en el orfanato se acordara de él, y se coló.

 

El viejo cementerio estaba abandonado. Hacía mucho tiempo que habían construido uno nuevo, frío y moderno, al otro lado de la ciudad, y este, sobre el que corrían historias de fantasmas, apariciones y demonios, dejó de recibir visitas. Las plantas trepadoras habían invadido lápidas, cruces, estatuas y mausoleos, y las raíces aéreas de los majestuosos árboles salvajes que dominaban el paisaje se confundían y entrelazaban aquí y allá con las ramas más bajas. 

 

Las tumbas, que ocupaban el subsuelo extendiéndose a lo largo de la superficie de seis colinas, no tenían un orden claro a primera vista; más bien parecían estar esparcidas por los márgenes de intrincados senderos sin destino. Muchas de ellas tenían lápidas enormes, que narraban la vida y obras de los difuntos o advertían de terribles amenazas para aquellos que osaran profanar las sepulturas. Animales legendarios, figuras religiosas o personajes mitológicos tallados en piedra, deformes y desgastados, fijaban sus pupilas perdidas acechando con paciencia infinita. 

 

El niño caminaba a través de aquel fantasmagórico paisaje temblando, con los ojos muy abiertos, sintiéndose vigilado por aquella multitud pétrea que aparecía y se desvanecía entre volutas de niebla grisácea. Llegó al portal de un grandioso mausoleo y se acurrucó en los escalones de la entrada. La luna llena brillaba en el negro cielo. Desde las aceras de los bloques de cemento más cercanos llegaban los gritos de algunos de sus perseguidores.


- ¡Se ha debido esconder por aquí, en uno de estos pisos!
- ¡Es peligroso! ¡Hay que encontrarlo y detenerlo antes de que haga daño a alguien más! ¡Rápido, por esta calle!
- ¿Y si ha entrado en el cementerio?
- ¿Pero qué dices? ¡Nadie entra en el cementerio, todo el mundo sabe que está endemoniado! Venga, vamos a preguntar a los vecinos. ¿Dónde estás, maldito monstruo?

 

El niño se abrazó las rodillas y, escondiendo la cabeza, sollozó.

 

De repente escuchó un ruido. Levantó los ojos, alarmado. Juraría que alguien estaba dando golpes bajo el suelo.


Vio con asombro cómo se removía la tierra alrededor de una de las tumbas cercanas, en cuya lápida podía leerse: “Aquí yace Berenice. E. A. P.”. El mármol que cubría el túmulo se apartó hacia la izquierda. Desde el suelo, por entre terrones de arcilla y raíces, salió una mano. Luego otra. Después una cabeza, y finalmente un cuerpo entero que se estiró, se sacudió, se agachó, extendió un brazo y lo hundió en el terreno, tirando luego hacia arriba con esfuerzo. Otra persona emergió, tosiendo. Eran dos jóvenes. Miraron al niño, carraspearon y se sentaron encima de la hierba.

 

El joven era espigado, y tenía una melena pelirroja y muy rizada que, en tirabuzones, le caía hasta los hombros. Los ojos, escondidos en cavernas profundas y oscuras, eran grandes y verdes, y brillaban a la luz de la luna. Vestía un chaquetón negro, una camisa blanca con un lazo gris a modo de corbata y unos pantalones llenos de parches. Iba descalzo.

 

También la joven tenía los pies desnudos. Ella llevaba puesto un bello vestido blanco rematado con ribetes azulados que formaban retorcidas figuras sinuosas. Tenía la tez blanquecina, una morena melena lisa muy larga que caía ante los ojos grises, sonrisa serena, manos suaves y uñas negras, largas y rotas.

 

- Buenas noches, y feliz Navidad, Jesús -saludó la joven, ceremoniosamente. 
- Feliz Navidad, y buenas noches, Jesús -agregó el muchacho.
- ¿Có… cómo sabéis que me llamo Jesús? -preguntó el niño, enarcando las cejas.
- Bueno, nosotros sabemos muchas cosas -dijo el joven.
- Sabemos muchísimas cosas, niño, pero ahora no te vamos a aburrir con ellas -agregó la muchacha.
- ¿Y qué… Cómo… habéis salido de ahí? -preguntó Jesús, señalando la tumba abierta.
- Körgrull -dijo el joven.
- Morschana -añadió ella.
- Para servirte. Hemos salido porque venías tú. -dijo Körgrull.
- Ya ves que sí. Si no, no hubiéramos salido -completó Morschana-. Entonces, ¿te vienes, o no?
- ¿Qué? -preguntó, sin dar crédito a lo que oía, Jesús.
- Siempre puedes quedarte con esos que te están persiguiendo. Pero no te lo aconsejo -le aconsejó Körgrull.
- No es nada recomendable -sostuvo Morschana.
- ¿Pero quiénes sois vosotros? ¿Estoy muerto? -siguió preguntando Jesús.
- No, que nosotros sepamos -le contestó Morschana.
- Y ya te lo hemos dicho. Yo soy Körgrull, y esta de aquí se llama Morschana.
- Pero, ¿qué hacéis aquí? ¿Y por qué me buscáis? -replicó Jesús, cada vez más asombrado.
- Ah, vale. Yo diría que quiere saber por qué hemos salido de abajo, y por qué queremos que se venga con nosotros abajo -susurró Morschana a Körgrull.
- Eso es largo de explicar, niño, pero te lo puedo resumir. De todas formas, los ciudadanos no tienen ganas de entrar aquí, por ahora. Nunca se sabe, pero los cementerios malditos son mal lugar para... “gente bien” -dijo Körgrull-. Verás, si empezamos por el principio…
- ...Que es por donde tenemos que empezar -aclaró Morschana-, nosotros vivíamos, hace ya muchos años, en esa ciudad, la misma de la que vienes huyendo. Por cierto, ¿has matado a alguien?
- Yo no quería -se excusó Jesús, escondiendo la cabeza-. Pero no se me ocurrió otra cosa. No podía aguantar más que esos...
- Tranquilo, no hace falta que lo expliques -le dijo Morschana, levantándose y acariciándole la melena-. Aquí ninguno de nosotros te va a hacer daño. De hecho, no somos tan diferentes.
- Somos muy parecidos en realidad -siguió Körgrull-. Tuvimos una historia casi como la tuya, ¿sabes?
- En realidad es tu historia la que se da un aire a la suya, no vayas a hablar por los dos -le replicó Morschana-. Yo simplemente me enamoré de ti -y pestañeó repetidamente, sonriendo y mostrando una dentadura tan desordenada como poco nívea.
- ¡Anda, es verdad! Un momento, que creo que... -interrumpió Körgrull.

 

Desde la ciudad seguían llegando voces. El joven se tumbó y pegó una oreja al suelo.


- Vaya… Me parece que lo tienes crudo, chaval. Es verdad que han dejado de buscar dentro de los pisos, pero al otro lado del barrio, cerca del orfanato, hay gente que está discutiendo si entrar aquí o no. Ya hay algunos medio convencidos. Y eso que nos hemos esforzado mucho en estos años para que nadie quiera asomar la cabeza por el portón…
- ...Desde que tú llegaste, y yo me vine contigo. ¿Cuánto tiempo hace ya de aquello? -se preguntó Morschana- Bueno, da igual. En fin, y resumiendo, que vamos con prisa: Körgrull llegó un buen día a la ciudad. Era un tío raro, es verdad. Como era raro, pero sabía hacer cosas encantadoras, al principio todos lo acogieron con curiosidad. ¡Vaya, qué chaval más diferente! ¡Mira lo que hace con sus manos! ¡Imagina lo que podría hacer con…! Pero claro, lo extraño pasó, poco a poco, a ser excéntrico, y luego peligroso. ¿Por qué? Porque aquel joven, que en realidad es este joven, no estaba de acuerdo con las reglas de la ciudad, y estaba convencido de que había que cambiarlas.
- ¿Las reglas de la ciudad? ¿Qué reglas? -preguntó Jesús.
- Oh, no están escritas -aclaró Körgrull-. Pero seguro que tú también te has dado cuenta. “Cada uno es responsable de lo que le pase”. “Busca lo mejor para ti y los tuyos, y lucha contra los demás para conseguirlo”. “Si alguien llega de fuera y no viene a soltar pasta, ¡cuidado! Los inmigrantes siempre traen problemas”. Y muchas más, tampoco es plan de aburrirte. De hecho, tú conoces algunas de ellas: “si un niño está solo, hay que someterlo o expulsarlo”. “No preguntes las razones por las que alguien es así: si nos parece que no es bueno, es que es malo”. “El raro es peligroso, o lo será”. “Estamos nosotros, y luego todos los demás. No confíes en ellos”.
- Körgrull empezó a ser peligroso. A su alrededor se juntaron aquellos a los que nadie quería. Y yo, hija de un gran empresario de la ciudad, prometida con un jovencito de nombre importante, caí en sus lazos -dijo, suspirando, Morschana-. Y no me puedo quejar, la verdad. Nunca en mi vida me lo había pasado tan bien. Los hijos de nadie, los herederos del olvido resultaron ser mucho más divertidos que aquel estúpido mamarracho de nombre importante al que pretendía unirme.
- Así que una noche, muy parecida a esta, tuve que huir -continuó Körgrull-. Y no sin razón: el joven de nombre importante llegó pistola en mano, y cabellera de Morschana en la otra. La tiró al suelo delante de mí, y la obligó a elegir entre los dos. Y mira tú por dónde, ella le dijo que no quería volver a verlo. Así que hubo un duelo, y no tuve más remedio que acabar con él. Luego me despedí de Morschana, porque, la verdad, no quería destrozarle la vida, y huí hasta aquí. El gran empresario reunió una partida de caza, pero su hija corrió a avisarme, junto a una pandilla de hijos de nadie. Me encontraron, me juraron lealtad y desaparecimos bajo tierra.
- Hace ya más de… cien años de aquello. ¡Cómo pasa el tiempo! -exclamó Morschana, dando un sonoro beso en la boca a Körgrull.
- ¿Más de cien años? ¿Y no os habéis hecho viejos? -preguntó, anonadado, Jesús.
- Bueno, digamos que allí abajo el tiempo es… diferente -contestó Körgrull-. Pero eso ahora no importa. A ver, niño: ¿no es verdad que tú también eres raro?
- Me parece que sí -asintió Jesús.
- ¿Y no es verdad que al principio, cuando comenzaste a hacer bailar aquellos muñecos solo pensando en ello, a tus padres les pareciste gracioso? -preguntó Morschana.
- ¿Pero cómo…? ¡Sí! -exclamó, estupefacto, Jesús.
- ¿Y que poco después, creyendo que eras una perversión del Demonio y que esa señal de nacimiento que tienes en la frente, que siempre había sido un antojo de caracoles, se había convertido de repente en un signo del Mal -siguió Morschana-, te dejaron abandonado en aquel orfanato? ¿Y que allí también les hiciste gracia, hasta que uno de los niños del colegio para ricos que había cerca, hijo de uno de los grandes de la ciudad, empezó a reírse de ti, y luego convenció a todos de que lo habías obligado a hacer cosas horribles que no quería?


Jesús bajó la cabeza.
 

- ¿Y no es verdad, por último -continuó Körgrull-, que el padre de este niño embustero, rico y demoníaco obligó a las monjas del orfanato a que te encerraran, y que te escapaste, y que el padre llamó a la policía, y que el niño te buscó esta misma noche con sus amigos para darte una paliza, y que ha acabado atravesado por su propia arma?


Jesús escondió el rostro entre las manos.
 

- Pues tienes dos opciones, Jesús -terminó el joven, poniéndose en pie-. La primera: volver a salir de este cementerio, y enfrentarte tú solo con todos esos ciudadanos, que creen que eres un asesino sin piedad. Entiéndeme: aquí los tres sabemos que eres un asesino, pero nosotros comprendemos tu historia, y ellos no. Lo mismo me pasó a mí, ¿sabes? La segunda: venirte con nosotros. No te vamos a aplaudir por haber matado a ese satánico niño de papá, pero te ayudaremos a que no tengas que volver a hacerlo.
- Y te prometemos que entre nosotros nunca te volverás a sentir raro -añadió Morschana-. En fin, esta que te habla y su hombretón nos vamos a ir yendo, porque me huelo que tus amigos están a punto de entrar. Decídete.
- Vale. Me voy con vosotros. Lo otro… Me voy con vosotros -dijo Jesús, levantándose.
- Vamos allá -propuso Körgrull, poniendo las manos sobre la tumba de Berenice. La tierra se apartó de repente, y se abrió un agujero por el que bajaban unos escalones de piedra.
- ¿Cómo has hecho eso? -preguntó Jesús, señalando los dos montones de greda que se habían formado junto al agujero.
- Vale ya de preguntas -dijo Körgrull-. Cada uno tenemos nuestras rarezas. Por cierto, cuando lleguemos recuérdame que te cuente la historia de un hombre muy parecido a nosotros. También se llamaba Jesús. También era raro. Y también se juntaba con hijos de nadie, con herederos del olvido: todo un rebelde. Aunque… En fin, él no mató a nadie. A él lo mataron. Pero también lo persiguieron, como a ti. De hecho, hoy estamos celebrando su cumpleaños.
- Nunca había escuchado hablar de él -dijo Jesús, rascándose la enmarañada melena.
- Normal -repuso Morschana-. Han convertido su historia en un cuento estúpido para “gente bien” y ciudadanos ejemplares. Pero nosotros conocemos la verdad. ¡Y por eso vivimos libres, amigo!
- ¡Adelante! -exclamó Körgrull- ¡Ya verás, ahí dentro nos lo vamos a pasar de miedo!

 

Los dos jóvenes y el niño bajaron los escalones de piedra. Luego, mientras las linternas de los ciudadanos ejemplares dispuestos a hacer cumplir su justicia se acercaban a lo lejos, el agujero de la tumba vacía se llenó de tierra, y la losa de mármol que la cubría regresó a su lugar. 

 

 

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