Alfredo Sinmiedo en el Reino de las Pinzas

28/01/2018

(Aquí te puedes bajar el libro electrónico en formato .epub)

 

 

Alfredo Sinmiedo llegó, cabalgando a lomos de su bicicleta, a la frontera del Reino de las Pinzas. La frontera del Reino de las Pinzas, como todas las de aquellas tierras más allá del horizonte conocido, consistía en una simple puerta, marrón en este caso, en mitad de una colina. Así que el niño abrió, asomó la cabeza y dio un respingo, al tiempo que se le erizaba la piel.

 

- ¡Puaj, qué peste! -exclamó.

- ¿Es usted el diño Alfredo Sidbiedo? -le contestó una voz al otro lado.

- Sinmiedo -contestó Alfredo.

- Eso he dicho. Sidbiedo -replicó la misma voz.

- Pues entonces sí, soy yo -repuso Alfredo Sinmiedo, encogiendo los hombros.

- Está bied. Puede pasar. Pero le acodsejo que pribero se podga esto ed la dariz.

- ¿Que me qué? -preguntó, extrañado ante aquella estrafalaria voz nasal, Alfredo.

- Esto, por favor. Sod udas pidzas. Sobos el Reido de las Pidzas, y aquí todo el buddo lleva udas pidzas. Cobo estas -le dijo el dueño de la voz, un soldado que llevaba, como acababa de decir, unas pinzas grises en la nariz, y que le estaba acercando otras a él para que hiciera lo propio.

- ¿Y para qué demonios quiero eso? -volvió a preguntar, rascándose la cabeza y mirando las pinzas, Alfredo.

- Está bied. Haga lo que quiera. Pero luego do diga que do le he avisado. Sígabe, si do tiede biedo -le dijo el soldado, encogiendo los hombros.

- No me llames de usted, por favor. ¡Soy un niño!

- Vale. Te llabo de tú, sid problebas. Lo dicho, síguebe si do tiedes biedo.

-¿Si no tengo qué?

- Biedo. Susto. Acojodabiedto gederal -se explicó el soldado.

- ¿Miedo? ¡Claro que no tengo miedo! -exclamó Alfredo, poniendo los brazos en jarra.
 

Sin más, el soldado se volvió y empezó a caminar. Alfredo dejó la bicicleta fuera, entró, cerró la puerta y una peste horrenda le llenó las fosas nasales.

 

- ¡Pero qué pestazo, en serio! ¿Qué demonios es esto? -dijo, tapándose la nariz.

- Debodios. Buy gracioso. Ya te lo he dicho. Es precisabedte el probleba por el que te hebos llabado. Buedo, udo de ellos. Síguebe -le dijo cansinamente el soldado, volviéndole a ofrecer las pinzas. Alfredo se las puso en la nariz, y siguió al soldado.

 

La puerta daba a un camino de baldosas verdosas resbaladizas, de esas que se suelen poner en las paredes de los cuartos de baño, que bajaba por una colina y se internaba en un valle hasta llegar a una ciudad con un castillo que sobresalía entre montañas. Una densa neblina cubría el cielo, y se arremolinaba en el interior de la ciudad.

 

- Biedvedido al Reido de las Pidzas. Adeladte, debebos llegar cuadto adtes al castillo. La cosa está buy bal, de verdad. Llevabos años sufrieddo, pero creo que ahora el rey Sadib ha llegado bás allá del líbite -suspiró, con tristeza, el soldado.

- ¿Sadib se llaba vuestro rey? Yo creí que era Sadib -dijo Alfredo, tratando inútilmente de pronunciar bien cada palabra con aquello en la nariz.

- Esto… -comenzó a decir el soldado, entrecerrando los ojos- Verás, do se llaba Sadib con be de boca, sido Sadib, con ebe de besa, barrón o bucho.

- ¡Ah, vale, Sadib, con ebe de bojón! -repuso Alfredo, sonriendo- Edteddido. Vabos, y biedtras cabidabos be cuedtas qué es exactabedte lo que está pasaddo -respondió Alfredo Sinmiedo.
 

Así pues, bajaron la colina, siguieron el camino de baldosas verdosas por todo el valle y llegaron a las puertas de la ciudad. La ciudad parecía estar desierta, aunque el soldado, que dijo que se llamaba Badolo, aseguraba que cada uno de sus habitantes estaba seguramente dentro de su casa, y que ya nadie quería saber nada de lo que pasaba en el reino. Una triste pesadumbre flotaba en el ambiente, como si algo de aquella peste horrible se hubiera instalado dentro de las almas de los ciudadanos. La fetidez nauseabunda, que las pinzas en las narices lograban mitigar, pero no, desde luego, hacer desaparecer, procedía del castillo del rey Sadim, con eme de mesa, marrón o mucho. O mojón.

 

El rey Sadim, le contó, durante el trayecto, el soldado Badolo a Alfredo, había subido al trono hacía casi una década. Al principio fue recibido con alegría, como los reyes anteriores, que, cada uno a su manera, habían conseguido que la ciudad del Reino de la Primavera, como se había llamado aquel lugar hasta hacía poco tiempo, fuera una tierra de paz, prosperidad y alegría. Bien es verdad que la organización y el puño de hierro no habían sido puntos fuertes del reinado de los reyes del Reino de la Primavera anteriores a Sadim, pero la gente los recordaba en aquellos momentos, desorganización incluida, con nostálgico agradecimiento.

 

El rey Sadim comenzó muy pronto a mandar con brazo fuerte, y a organizar el Reino de la Primavera férreamente, de una forma completamente nueva. La gente se tomó aquel cambio con moderado entusiasmo, y las cosas parecían marchar bien.

 

Sin embargo, el soberano quería mostrar a todos, aunque nadie se lo había pedido, su poder, y dedicó grandes esfuerzos financieros y una parte de su ejército a excavar en las mazmorras del castillo del Reino de la Primavera, ya que había una antigua leyenda que decía que allí, en las simas de la montaña, se ocultaba un Abismo Profundo que encerraba la fuente de un inmenso poder enterrado, hacía generaciones y generaciones, por uno de sus antepasados, por razones que nadie sabía explicar.

 

Al fin, tras algunos años horadando las montañas, unos soldados encontraron el Abismo Profundo y, en él, un pergamino sellado que envolvía algo oscuro y pesado, y que fue trasladado hasta el salón del trono del castillo del Reino de la Primavera. Los ancianos magos del reino aconsejaron al monarca que no abriera aquel pergamino hasta que estuvieran seguros de que no encerraba peligro alguno.

 

El rey, claro está, no les hizo caso, rompió el sello, cogió en sus manos la pesada piedra oscura que contenía, leyó un vetusto conjuro que había escrito en el pergamino, en un lenguaje que no podía comprender, y despertó así a la demoníaca emperatriz Kakamarga, con la misma eme de Sadim, que hechizó al rey y le prometió que, si seguía sus consejos, le daría el don más precioso: el de convertir todo lo que tocara en chocolate. El rey, un apasionado del cacao, obedeció, como se puede imaginar fácilmente, las palabras de Kakamarga, accedió a todo lo que ella le proponía y, a cambio, recibió el don prometido. El rey dejó el Reino de la Primavera al mando de Kakamarga.

 

- Hebos llegado a las puertas del castillo. ¡Uhu! -ululó Badolo el soldado.

- ¡Uhu! ¡Uhu! -respondió, también imitando a un búho, alguien desde el otro lado del muro. Alfredo pensó que se abrirían los enormes portones de madera, pero, en su lugar, se escindió hacia el interior un pequeño trozo de pared del muro a la izquierda, y apareció la cabeza de una niña sonriente.

- ¡Por fid! Rápido, edtrad al pasadizo adtes de que os vea algud edebigo o ud espía de Kakabarga -susurró la muchacha. Alfredo y los cuatro soldados que lo acompañaban se introdujeron por la abertura de piedra, que se cerró tras ellos. Bajaron por unas escaleras hasta los subterráneos de la ciudadela del castillo.

- Baría, Alfredo. Alfredo, Baría. Ella dos guiará por las alcadtarillas del castillo, hasta el salod del rey.

- Edcadtado, Baría.

- Ud besito, Alfredo. Llevábabos tiebpo buscáddote -le dijo Baría, zampándole dos besos en las mejillas y un abrazo. Alfredo se puso rojo como un tomate.

- Uda pregudta, Badolo. O Baría, be da igual. ¿Por qué era tad balo el regalo ese de codvertir las cosas ed chocolate? A bí be bolaría tela. Chocolate, bbbbbbbbhhh... -se relamió Alfredo.

- ¿Has llegado hasta lo del chocolate codtáddole la historia? ¡Qué velocidad! -dijo Baría a Badolo, con un silbido- Verás, Alfredo: lo que la balvada ebperatriz Kakabarga do le dijo a Sadib es que el chocolate se cobvertía, bás o bedos ed uda hora, ed… do te rías, por favor, ¿eh?

- Vale, vale. Do be río -prometió Alfredo.

- Ed bierda. Bierda clara.

- ¡Do be lo puedo creer! ¿Ed serio? -exclamó Alfredo, abriendo mucho los ojos y tapándose la boca para reprimir una carcajada.

- Ya te digo, abigo. Ed serio. ¡Sadib lleva años creyebdo que su palacio es de chocolate! Pero dada de eso. Su palacio es bura bierda, caca, boñiga, excrebento. Y cobo es ibposible hacerle edtrar ed razod, porque Kakabarga le tiede hechizado a él y a casi toda su guardia persodal, al fidal hebos hecho esto, que parece uda todtería, pero es decesario para sobrevivir aquí, te lo aseguro: dos hebos puesto estas cosas ed la dariz para do borir de asco. Biedtras, Kakabarga ha cabbiado el título del Reido, que ahora es, cobo sabes, el Reido de las Pidzas. Pero ya do podebos bás, Alfredo. Dos tiedes que ayudar, por favor. La gedte está desesperada, pero dadie puede codtra la bagia degra de la ebperatriz.

- Vale -dijo Alfredo, parándose en un cruce del alcantarillado y rascándose la cabeza-. Así que tedéis ud rey que codvierte ed bierda todo lo que toca, pero cree que vive ed ud palacio de chocolate, y tabbied hay uda bruja que lo codtrola todo. Pues veréis, se be acaba de ocurrir algo. Quizás os asuste al pridcipio, pero do os preocupéis: yo iré cod vosotros. Este es el plad. Lo pribero: tedebos que quitardos estas cosas tad idcóbodas de la dariz, porque a bí por lo bedos be cuesta la bisba vida edterarbe de toda la codversaciod que estabos tedieddo.

- ¡Do! ¡Do podebos quitardos las pidzas, Alfredo! ¡Borirebos de peste, qué asco! -exclamaron los soldados.

- Dada de eso. Be he traído udas hierbas de bi tierra, por si las boscas. Dos las tedebos que refregar bor debajo de la dariz, así, y… Buedo, do quita la peste del todo, pero… -sacó de su morral un tarro lleno de hierbas, lo abrió, cogió un pequeño ramillete, se lo refregó bien por encima del labio superior, se quitó las pinzas de la nariz e inspiró con profundidad. Se oyó un gemido ahogado, por parte de Baría y de los soldados- se puede soportar, y podemos hablar con cada letra en su sitio, amigos. ¿Eh, Baría, Badolo? -preguntó, guiñándole un ojo a la muchacha. Esta cogió el ramillete de la mano de Alfredo e hizo lo mismo.

- María. Me llamo María, y él es Manolo -dijo, después de quitarse las pinzas-. ¡Es verdad! Sigue oliendo a caca, pero menos. ¡Venga, poneos las hierbas aromáticas, quitaos las pinzas, y explica el plan!


 

— — —

 

 

Tres aldabonazos sonaron en la puerta del salón del trono del castillo del Reino de las Pinzas.

 

- ¿Ssssssssssssí? ¿Quién essssssssssss? -preguntó, desde dentro, una siseante voz femenina.

- Soy yo.

- ¿Quién essssssssssss yo? -volvió a preguntar la voz.

- Pues yo. Yo soy yo. Bueno, en realidad somos nosotros. Nosotros dos.

- ¿Nossssssssotrossssss dossssss? No, nossssssotrosssss dossssss essssstamossssss dentro.

- Venga, vale. Vosotros dos estáis dentro, y nosotros dos fuera. Podemos estar así todo el día, pero creo que es mejor que nos dejéis entrar, para que podamos hablar cara a cara. Al fin y al cabo, los guardias que había aquí han huido. Acaban de despertar de tu hechizo, ¿sabes?

- No lo creo. Imposssssssible -afirmó secamente la voz, mientras se abría una rendija de la puerta. A través del resquicio se asomó un ojo blanco y frío, que miraba a derecha e izquierda.

- ¿Cómo esssssss posssssible? -pareció preguntarse la voz a sí misma.

- No lo sé -contestaron desde fuera-. Lo podemos averiguar, si nos dejas entrar, claro.

 

La puerta se abrió con un chirrido prolongado. Al otro lado apareció la imponente figura de la emperatriz Kakamarga, cuyo ojo izquierdo, blanco como la pared, regresaba flotando a su cuenca.

 

- Vaya. Pues tampoco era gran cosa la emperatriz esta -dijo, cruzándose de brazos y mirándola de arriba abajo, Alfredo Sinmiedo.

- ¿Qué? ¿Tú estás viendo lo mismo que yo? -le susurró, dándole un codazo, María la guía.

- Tú sígueme el rollo -musitó Alfredo.

- Ah, vale -asintió María, con una sonrisa falsa de oreja a oreja.

- Pues eso, que ahora que te vemos, Kakamarga, tampoco pareces tan demoníaca -repitió Alfredo, tragando saliva y dirigiéndose a la emperatriz.

- ¿Qué essssssss esssssssssse olor… tan… verde... qué essssss? -preguntó, olfateando con curiosidad, Kakamarga.

- Oh, no sé -le contestó María-, a mí aquí me huele como a zurullo. ¿Podemosssssss entrar? -añadió, con sorna.

- El rey esssssssstá muy ocupado -contestó, gruñendo, Kakamarga.

- Ya. En sus cosas, ¿no? Bueno, pues entramos -replicó María, encogiéndose de hombros y atravesando, junto a Alfredo, la puerta.

- ¿Por qué… por qué no llevan lasssssss pinzassssss que manda la ley, por qué? ¿Por qué no? Lossssss únicossssss que podemossssssss ir ssssssssin ellasssssss sssssssssomosssss tú y yo, yo y tú... -murmuró Kakamarga, hablando, al parecer, con el rey Sadim.

- Pues verás: este chavalote, Alfredo, nos ha dado un antídoto contra tu veneno de mierda, nunca mejor dicho -dijo María mientras se dirigía al trono real, donde estaba recostado, con la cabeza gacha y los ojos cerrados, el rey Sadim- Qué ganas tengo de vomitar, Alfredo, por Dios... -susurró, tocándose el vientre.

- ¿Qué? -preguntó, con voz cavernosa, el rey- ¿Qué mier…? ¿Dirás chocolate, no?

- Sí, claro. Chocolate, por supuesto -replicó Alfredo-. La primera hora. Después, todo se convierte en pura boñiga. Incluso el trono en el que estás sentado, Sadim. Da mucho asco, en serio.

- ¡Sssssssu majesssssssstad Ssssssssadim, un resssssspeto! -gritó Kakamarga.

- Oh: ni yo soy de este reino -respondió tranquilamente Alfredo-, ni le debo ningún respeto a Sadim, ni tus poderes pueden nada contra mí, porque, a diferencia de la gente del Reino de las Pinzas, anteriormente llamado “de la Primavera”, yo no te tengo miedo. Y ahora, si me permites, debo leer un pergamino para quitar de aquí toda esta cagalera.

- ¡Oh, no! ¡No tocarásssssss essssssse pergamino! -exclamó, con voz potente, Kakamarga, que pronunció seguidamente, en un tono siniestro, una enigmática frase- ¡Alleerbos agiac Midased onamaleuq!

 

En aquel momento el rey, sin abrir los ojos, con la cabeza gacha, se levantó y se dirigió hacia María con los brazos extendidos.

 

- ¡Esas palabras raras iban para el rey, seguro, María! ¡Te quiere tocar! ¡Mierda, no dejes que te toque, que ya sabes lo que pasa! -gritó Alfredo, mientras se dirigía hacia el pergamino. María dio la vuelta, corrió y se escondió debajo de una mesa de escritorio que había en una esquina, delante de una gran cortina.

 

La emperatriz Kakamarga voló sobre una espesa niebla verdosa y se posó entre Alfredo y la caja de cristal que contenía el pergamino.

 

- ¡Nunca llegarássssssss a ver losssssss conjurosssss! -dijo, con voz atronadora y risa lúgubre.

- Ah, entonces en el pergamino hay más de un conjuro. Interesante -le contestó Alfredo, chasqueando los dedos-. Apuesto a que encuentro alguno que vuelve del revés el “regalito” que le hiciste a Sadim, ¿eh?

 

La emperatriz dio un respingo, olisqueando alarmada.

 

- ¿Qué? Ah, vale. Te estás preguntando qué es ese olorcillo tan potente que llega desde el suelo -siguió diciendo el niño-. Verás: he encargado a los soldados que están contra ti, que son más de los que crees, que cuezan, justo debajo de este salón, en una olla gigante, un antídoto con algunas hierbas que he traído de mi tierra, y que tú habías mandado arrancar de la tuya. ¡Sorpresa! ¡Huele, preciosa, huele!

 

La emperatriz se llevó las dos manos a la nariz, y prorrumpió en alaridos y toses. Luego se agarró el cuello, y cayó al suelo, entre estertores y lágrimas negras que caían abundantemente por sus raquíticas mejillas. Mientras, Alfredo dio un salto, se colocó frente al pergamino y rompió el cristal dándole un golpe con un jarrón que había por allí cerca. El rey Sadim había llegado a la mesa donde se escondía María, e intentaba tocarla con la punta de los dedos. Ella se enfundó en la cortina que tenía justo detrás.

 

- ¡Rápido, Alfredo! ¡No creo que pueda resistir mucho! ¡Y se me está pasando el efecto de las hierbas! ¡Esto es insoportable! ¡Puaj, mierda, la cortina se ha vuelto chocolate!

 

Alfredo cogió el pergamino y le echó un vistazo.

 

- ¡Madre mía! ¡No tengo ni idea de lo que dice aquí, María! ¡Está en un lenguaje rarísimo! ¡No sé qué tengo que gritar para que desaparezca el hechizo!

 

El rey rozó con sus dedos el pelo de María.

 

- ¡No! ¡Me ha… dado! ¡Espejo! ¡Usa… un... espejo!

 

A Alfredo se le iluminó el rostro de repente, y miró a su alrededor, buscando furioso algo en lo que reflejar el pergamino. Al fondo vio uno de esos enormes espejos ovalados de cuerpo entero.

 

- Odeimnis Oderflaardeip… -escupió Kakamarga, entre ahogos- neetetrèivnoc...

 

Alfredo llegó hasta el espejo, y puso el pergamino delante. De repente, todas las letras aparecieron claras a sus ojos en el reflejo.

 

- ¡No me lo puedo creer! ¡Está escrito justo al revés! -gritó, dándose cuenta del sentido del lenguaje que estaba usando Kakamarga, y buscando en la imagen reflejada el hechizo correcto- ¡Ya lo tengo! ¡Está bien, puerca, allá voy! ¡Ozihcehel aczerapasedy areeuqol resaavleuv Midasrop…

- ...Annehegal edrodeh… -continuó Kakamarga.

- ...zehen oditrevnocoleuq zulaled redople Rop! -terminó de leer Alfredo.

- ...ledredop Lerop -terminó Kakamarga, extendiendo sus descarnados dedos entre hálitos verdosos.

 

En aquel momento, el rey Sadim cayó al suelo, como fulminado por un rayo, mientras todo aquello que había sido tocado por su mano volvía a su ser anterior, incluida María; al mismo tiempo, Alfredo sentía cómo la vida se escapaba de sus pies, mientras estos se empezaban a convertir en piedra por el hechizo que le acababa de lanzar la emperatriz.

 

Kakamarga emitió un largo alarido de odio al ver que su hechizo sobre Sadim había sido eliminado por las palabras del niño. María salió de su escondite, mientras Alfredo se seguía transformando en piedra y sentía que ya no podía mover las piernas. La niña le quitó el pergamino de entre las manos, buscó una frase con desesperación, y gritó, entre sollozos:

 

- ¡Odnuforp Omsiba lenenòisirp utaevleuv Agramakak Zirtarepme!

 

El pergamino voló de las manos de María y se adhirió al rostro de la emperatriz. Esta entonces se revolvió sobre sí misma, envuelta en un torbellino que la fue engullendo hasta convertirla en una piedra oscura que, impulsada por el huracán, hizo un agujero en el suelo, recogió todos aquellos hechizos que había conjurado desde su vuelta a la superficie del Reino de la Primavera, atravesó las simas de la tierra, llegó al Abismo Profundo y quedó atrapada de nuevo, envuelta en el pergamino.

 

Alfredo cayó por tierra, desvanecido. María corrió hacia él, le agarró las sienes, lo abrazó y lo besó en la frente. El muchacho seguía con los ojos cerrados, aparentemente sin hálito. Ella le dio un par de golpes en el pecho.

 

- Eso no, me gusta más lo del beso en la frente, ¿sabes? -susurró Alfredo, todavía con los ojos cerrados, sonriendo.

- ¿Pero qué...? -exclamó María, dejándolo en el suelo, levantándose y cruzando los brazos- ¡Serás…!

- No te enfades, chiquilla, que yo solo… En fin, muchas gracias -dijo él, incorporándose. Los dos se echaron a reír a carcajadas.

 

Entonces las puertas se abrieron de par en par, y aparecieron en tropel Manolo el soldado y todos los demás que habían ayudado a vencer a la emperatriz Kakamarga con la olla gigante de antídoto, que prorrumpieron en vivas, aplausos y gritos de triunfo al ver lo que había ocurrido.


 

 

La semana siguiente fue tiempo de fiesta en todo el Reino de las Pinzas, que ya volvía a llamarse el Reino de la Primavera porque, por fin, la gente había podido quitarse aquellos molestos apéndices nasales. El pueblo se dedicó a celebrar la liberación y a sembrar todas las hierbas, flores y árboles que habían sido arrancados por Kakamarga. El rey Sadim quedó en estado de letargo para el resto de sus días, a pesar de los esfuerzos de María, Manuel, Alfredo y muchos otros por despertarlo, así que lo dejaron en su dormitorio, siempre vigilado para que, si volvía en sí, no buscara de nuevo la piedra oscura en lo más hondo del Abismo Profundo.

 

Algún tiempo después, el pueblo decidió proclamar un nuevo rey, y unánimemente fue elegida María, a pesar de que era solo una niña, porque, qué diablos, ella había liberado a todos del poder de Kakamarga.

 

María, eso sí, no estuvo de acuerdo, porque prefería que fuera Alfredo. Pero Alfredo le dijo que tenía que volver a su tierra, al otro lado del horizonte, a las Afueras de una ciudad en la orilla de un lejano mar llamado El Alborán. María se entristeció mucho al escuchar que Alfredo tenía que partir.

 

- Quédate conmigo. Aquí en el palacio hay mucho sitio. Además: yo no pienso vivir en el palacio, te lo digo de verdad. Podemos irnos a una casita de madera en mitad del bosque…

- No puedo, María: tengo que volver con mi gente. Esta aventura me ha recordado que allí también hay gobernantes que, como el rey Sadim, convierten en mierda todo lo que tocan. Pero escucha: si me necesitas, llámame, y vendré como un rayo, igual que la última vez. Mi bici ya conoce el camino, y… tengo una razón nueva para regresar, ¿sabes? -le dijo Alfredo, guiñándole un ojo.

 

María le volvió a zampar un par de besos en las mejillas, y un gran abrazo. Alfredo volvió a ponerse rojo como un tomate.

 

- Nunca te olvidaré, Alfredo Sinmiedo.

- Nunca te olvidaré, María Laguía.

 

Y así termina la historia que cuenta cómo aquellos dos niños libraron al Reino de las Pinzas de las garras de Kakamarga y su esclavo, el rey Sadim, y trajeron de nuevo el Reino de la Primavera. Alfredo no volvió a cruzar la puerta de la frontera de aquellas tierras hasta mucho tiempo después, cuando Manolo el soldado fue enviado para proponerle…

 

Pero esa, abigos, es otra historia. Y debe ser codtada ed otra ocasiod.


 

Please reload

Historias afines
Please reload