Asesino

30/10/2019

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El asesino terminó de afilar su cuchillo, lo introdujo en la funda de cuero que tenía preparada para tales menesteres, añadió unas largas tijeras, por si había que rematar la faena, y se metió el paquete en el bolsillo interior de la chaqueta de cuero. Se miró al espejo, se guiñó un ojo, se puso una monstruosa máscara horriblemente sonriente, abrió la puerta y salió, rumbo a la casa antigua en la que tenía proyectado, desde hacía varios meses, actuar.


Era ya noche cerrada. La ciudad se empezaba a abandonar en los fríos brazos del sueño, aunque, si sus cálculos eran correctos, y siempre lo habían sido, esperaba encontrar a los habitantes de la casa compartiendo vida, alimento y flujos. «Al fin y al cabo», se dijo, «no es propio de mí asesinar a un grupo de jóvenes dormidos, aparte de que no ofrece ningún interés, literariamente hablando, para una posible futura narración de terror que pretenda compendiar mi vida y obras».


Lo tenía todo milimetrado. Los seis universitarios residentes en la desvencijada casa merecían la muerte. ¿Por qué? Porque estaban vivos, eran jóvenes, creían tener un horizonte esperanzador en sus porvenires y parecían de buena familia. «Naturalmente», pensó, «si ninguna de ellas es razón suficiente siempre queda alguno de los muchos traumas infantiles que me han conducido inexorablemente a cometer estas atrocidades».


La primera en caer sería la rubia, porque era la rubia, claro está. Todo el mundo sabe que la rubia es la que debe morir primero, después de una exuberante persecución desesperada en paños menores y unos estériles alaridos estentóreos de terror. Justo después moriría el negro, en el momento en que se quedara solo porque tuviera que ir al servicio, algo que repetía cada jornada exactamente a la misma hora. Posteriormente, mientras agonizaba la noche y despuntaba la luz del alba, irían feneciendo uno tras otra hasta que al final solo quedara la inteligente de las gafas de pasta, con la que tendría un duelo que llegaría a su culmen en una caída desde la buhardilla, rodando por el tejado y aterrizando en el jardín, con el pecho atravesado por los góticos restos de un árbol tronchado a causa de un rayo durante la última tormenta.


Se relamía pensando en cada movimiento preciso, y sonreía, bajo la mueca helada de su disfraz, discurriendo acerca de los bochornosos actos que en aquellos momentos estarían ejecutando sus futuras víctimas antes de descubrir el desenlace cruel de sus pobres existencias absurdas. «Ejecutar: espléndido verbo», observó.


Ya había llegado al portón del jardín. Tal y como esperaba, la sombra de la rubia se dibujaba en la ventana de su dormitorio del primer piso, al que se podía acceder sin excesivo esfuerzo desde una de las esquinas del tejadillo del pórtico de la entrada. El asesino saltó la verja externa, cruzó raudo los setos y arbustos de la otrora fértil rosaleda, se impulsó pared arriba agarrándose de una de las columnas de madera del portal, pisó con cuidado las tejas vetustas y se escondió en la penumbra, contra la pared, junto a la ventana iluminada, con el corazón latiéndole como una locomotora, «paso previo», se dijo, «a la pasmosa tranquilidad que me embarga cuando comienzo mis ejecuciones». Desde allí echó un vistazo al interior de la cámara: efectivamente, la bella joven peinaba su cabellera mirando a algún lugar al otro lado del espejo, quizás ocupando su imaginación en melifluas vanidades vacías. Sin embargo, no se encontraba, como cada noche, en paños menores. «Extraño», arguyó el asesino mirando su reloj y comprobando que era el momento exacto.


Abrió, conteniendo el aliento, centímetro a centímetro, la hoja de la ventana hasta que vio claro que se podía deslizar por ella. Sacó el cuchillo de su funda, metió las manos y la cabeza por la abertura en absoluto silencio, se escabulló luego cuan largo era hacia dentro, y quedó en pie, junto a la cortina, una fantasmagórica sombra justo en el ángulo muerto de visión del espejo frente al que se encontraba la joven. «Un movimiento perfecto antes del fatal ataque», se felicitó.

- Hoy llega tu fin… -susurró en un espeluznante tono mortecino, gustando el placer que le producía cada palabra.
- No te quea ná, pollita -respondió la rubia, echando un vistazo hacia atrás, pero sin dejar de peinarse.


El asesino miró al frente, a un lado y a otro, extrañado. ¿Lo habría confundido con alguno de sus compañeros de piso que probablemente pretendía venir, antes o después, a calentarle el colchón?


- Voy a matarte, zorra -repuso el asesino, con la misma gravedad. Las palabras que acababa de soltar la rubia habían logrado que se evaporara, como por arte de magia negra, gran parte de la voluptuosidad de la escena.
- Zí, aro, enga -le respondió la joven-. Tú lo que quiere eh que yo zarga ahín marcando teta corriendo y shillando como una loca der tinte pa dehpué darme quince puñalá con eza mierda faca. Poh va sé que no.
- ¿Qué? -preguntó, sorprendido, el asesino.
- En de vé que no t’anterao toavía, mahareta. ¡Negro, ven, mira qué guapo!
- Esto es muy irregular -masculló el asesino, tratando de mantener la calma.
- Ehto é lo que a mí me zale der cerete, ¿entiende, zumbao?
- ¡Voy, Mari, ya voy, cohone! -se escuchó fuera, justo antes de que “el Negro”, un gitano muy repeinado con gafas de pasta y pinta de empollón que no estaba, al menos todavía, a solas en el servicio, entrara en el momento más inoportuno posible desde el punto de vista del asesino, por dos razones fundamentales: la primera, que la rubia no se había aún desvestido ni, por consiguiente, probado su acero repetidas veces; y la segunda, el leve pero destacable hecho de el Negro no era negro- ¡Pero quillo! ¿Ande va con eze  careto, home?
- ¡He venido a masacraros a todos! -gritó el asesino, empezando a desesperarse y a cambiar la voz de ultratumba por un pitido mucho menos amenazante.
- Er pamplina ehte, que za creío er malo de la peli. No le quea ná -le informó Mari, la rubia, al Negro.
- Ya te digo. Anda que vení a meterte con la Mari… No le quea ná, no ni ná… -respondió el Negro.
- ¡Que os calléis! ¡Tengo que matarte a ti primero, rubia! -chilló, con desesperación, el asesino, señalando a la Mari.
- Zí, zí, campeón. ¡Lah rubia no zomoh tonta! ¡Lah rubia no zomoh tonta! ¡Erre, uuuu…! ¡Lah rubia no zomoh tonta! -gritó esta, dándole después un codazo al Negro. Acto seguido ambos se echaron a reír de forma atronadora, ante el boquiabierto, tanto en la máscara como bajo ella, asesino.
- Pero bueno, ¿qué es esto? -vociferó el criminal, clavando coléricamente el cuchillo una y otra vez primero en la cortina, y luego contra la pared.
- Quieto parao, vieo, que vah a mellá er cuchillo -le advirtió el Negro-. Mira, ehto éh mu zimple: tah equivocao de cuento, o tú o er colega que htá hcribiendo ehto. Tú venía a un pizo de htudiante americanoh a reventá mozuelah de tetah gordah y negroh vasiloneh, pero tancontrao un pizo malaguita de hente con mú poca vergüensa y muchah gana haleo. Cazi ná.

El asesino entonces volvió la cabeza y se fijó en el jardín. Allí debería estar el árbol tronchado por el rayo, pero solo había setos y arbustos. «¿Cómo es posible?», se preguntó, soltando la hoja afilada. Se encontraba en la dirección correcta, había estado meses vigilando, se sabía de memoria la vida y los movimientos de cada uno de los que vivían allí. Pero había cambiado el allí, y el cada uno. Esta no era la casa, y las víctimas no eran estos que tenía enfrente. Derrotado y estupefacto, bajó los brazos y comenzó a gimotear.


- Pero mira, mohtro -le dijo la Mari, acercándose, poniéndole una mano en el hombro y dándole un pañuelo-, imahínate la cara der que za puehto a leé un cuento que ze titula “azezino” y ehtá ahora mihmo aquí en medio. Reventao de la cabeza ze tié que habé queao, zeguro. Enga, vente a tomarte una birrita, que ehta noshe ni te vi a enzeñá lah teta, ni me va a dehá como un colaó. Nohotro vamo a vé una pinícula de cague. Te lo digo porque alomehón te jiña vivo, pero vamo, tú mihmo. “La fogará” me paece que ze llama.
- “Er rehplandó”, shosho, “Er rehplandó” -replicó el Negro.
- Ezo, yo qué zé -repuso la Mari, dándose con la palma de la mano en la frente-. Totá, vente pabaho, anda.

 


El asesino, todavía sin comprender absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, preguntó si tenían Cruzcampo.


- Cruhcampo dice, er zumbao ehte. Mira, cabesón -le contestó el Negro-. Que tú no vaya a matanno no quié decí que no te podamo reventá cuatro diente dun zoplamoco. Vemo disho que te invitamo a birrita, pero a birrita de verdá, ¿ein?
- Ein.
- Po güeno. Po ezo. Enga, amo.
- Amo -repitió mecánicamente el asesino, quitándose la máscara y siguiendo pasillo adelante, con la cabeza gacha, a la rubia y al Negro.
- Mare mía. Ponte otra vé ezo, illo, que noveatú la heta que ze tá queao -le aconsejó la Mari-. ¡Muerde rollo!

 


Definitivamente, esta parecía que no iba a ser su noche. Aunque, ¿quién podía saberlo? Al fin y al cabo, quizás el Negro tenía razón y alguien se había equivocado de cuento…

 

 

 

(Nota: Para una lectura más fluida de los diálogos de la Mari y el Negro se aconseja aspirar las "h" al estilo del habla de Málaga).

 



 

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